¿Que quién soy yo? pues mirá, en este momento soy una flaca, bien flaca. Pero yo era bonita; soy bonita. Lo que pasa es que estoy flaca, ahí, como acabada. Con decirte que los pelados del barrio se pelean por gastarme, no ves que soy la chiquita del barrio. Tengo 20 años, todos vividos por el centro de Cali solita con mi madre, sin papá ni hermanos. Mi nombre es Violeta, así, sin diminutivos, porque cómo odio que me digan Violetica. Así me decía mi mamá cuando era niña. “Violetica, éntrese”, “Violetica, no se junte con esas brinconas”. Yo era juiciosa en mi colegio pero fui creciendo hasta que llegó el “Violetica, entrate si no querés que salga y te entre del pelo.” Y pues hombre, mi mamá ha sido mujer de palabra y llegó un momento en el que me empezó a cascar. Me encerraba en la casa porque yo llegaba a las 7 de la noche de estudiar, y pues estudiaba en la mañana. Entonces solo recibía comida y listo, nada de visitas, pero para ese entonces yo ya tenía mucha calle, tenía 16 años pero había vivido más de lo que ha vivido uno de 50. No me iba a dejar de mi mamá teniendo amigos que me ayudaran, así que empecé a salirme por las rejas de mi casa en la noche. Entonces claro, mantenía vagabundeando hasta las 6 de la mañana. Mala decisión, malas compañías, malos hábitos.
En el colegio, a los 16, conocí a Alex. Él no estudiaba conmigo, él era de un colegio del sur y yo de uno del centro, pero iba a gusanear con los amigos a la puerta del colegio a esperarnos para ver con quien se parchaba. Yo terminé cuadrada con él. Cuadrada pero nunca enamorada, ahí como por estar y ya. Ese era de los que se sentaban en el parque con los amigos a fumar, pero en ese entonces yo no lo hacía, ni había probado el cigarrillo. Ahora la casa huele a puro pucho, hay ceniceros por toda parte porque no me gusta dejar reguero. Él me terminó porque supuestamente yo le había dado besos al mejor amigo y pues eso era puro chisme. Ahí dándomelas de incomprendida empecé a probar la marihuana, pero no me gustó, eso huele muy feo. Ya después probé la cocaína de pura ociosa y ahí me quedé. Ahora era yo la de los parques, las malas amistades y la falta de personalidad. El no decir “no” cuando es no. En esas duré como un año. Como estaba tan chiquita los manes siempre le gastaban a uno a cambio de besos y que se fuera con ellos. Yo era viciosa, no puta. Ellos sabían cómo era conmigo, sabían que yo soy calmada pero que ni me toquen porque no me dejo. Igual las viejas del barrio que me tenían envidia me cogieron respeto desde que les rayé con las uñas la cara a tres de una por intentar sobrepasarse. Les di en las bolas y los dejé doblados. Ese fue el único tropel que tuve en la calle y pues ese chisme se regó por el barrio así que los que me gastaban lo hacían de puro pana, sin querer nada a cambio, solo que me sentará ahí con ellos a hablar, a hacerlos reír porque sí me gusta payasear y pues gratis qué más se hace. Al principio me la regalaban, pero luego ya empecé a necesitar más y nadie me regalaba tanta cantidad así que me tocó vender lo mío y lo que no era mío. Me dio por empeñar mis cosas y las cosas de la casa. Lo que más me duele en este momento es haber vendido mi violín. Entre todos los celulares que vendí, toda la ropa, la grabadora; el violín es lo único que me hace falta. Yo estudié en el Instituto Popular de Cultura, de ahí me dieron una beca de la Universidad de Valle para estudiar música. Entrar a Univalle no es fácil, menos en música y menos becada. Yo fui de las duras de acá en eso. También tocaba piano pero eso son cosas del pasado, a mis 14. Dejé de ir a clase por verme con mi novio y ahí se acabó todo mi futuro. Un día estaba tan en la inmunda que mi mamá fue a recogerme en un taxi por el sur y a traerme a la casa. La verdad lo que le digo puede que sea mentira porque todo me lo contaron, mi cerebro estaba muerto. Eso tenía pasto, pepas, trago, de todo en la cabeza remplazándome el cerebro. Ahí ella se dio cuenta porque una tía me escuchó haciendo escándalo en la calle, la llamó. Enterarse de que a la niña de la casa no le cabía un trago más, que estaba en ese estado e imaginarse cuántas veces más había llegado así a mi casa sin que ella se enterara le sacó el diablo. Me volvió mierda, alquiló el segundo piso en una semana y de una para rehabilitación. Mamá siempre estaba trabajando, casi nunca estaba conmigo. Por eso cuando se dio cuenta ya era tarde. Ella pensaba que yo me quedaba con Alex y que por eso llegaba tarde, no porque andaba metiendo en un parque. Nadie se imagina a los hijos en esas.
Yo tenía 17 años cuando entré a la Fundación cuando inicié el proceso; el inicio de mi fin. Inicié, estuve tres meses, paré seis meses y luego volví. En la Fundación, el género femenino y masculino no podían tener una charla de más de cinco minutos entre sí. Depende de tu recuperación vos vas escalando y vas ganando confianza que se simboliza en tiempo a la hora de una salida. Todo iba bien, yo estaba comprometida con mi cambio hasta que conocí a un hombre que me doblaba la edad: Carlos. Sin mentirle, ese hombre parece modelo. Carlos es alto, mide como 1,86, está buenísimo en medio de su flacura, ese par de ojos que parecen los de un gato como entre verdes y amarillos, su pelo bien peinado, ni muy de oficina, ni muy gamín. Créame y crea en ese dicho que dice que las apariencias engañan. Ese hombre no tenía pinta de tener tanto veneno por dentro. Él como siempre, muy amiguero y buen conversador. A la hora de hablar conquista a cualquiera; si quiere, una viejita de 60 para que lo mantenga; si quiere, una niñita de colegio estrato seis. Ni muy meloso pero sí muy dedicado. Así como a las mujeres nos gusta. Se hizo amigo de uno de los superiores de la Fundación y era a través de él que me mandaba las notas, los chocolates, esos detalles que conquistan a una mujer. Flores, escarapelas que le pedía al hermano para regalármelas. Vea, a mí antes me conquistaban con un carro, rumba y todo pago. Este hombre me conquistó con un paquete de papitas.
Cada mes vos tenés una reinserción. La reinserción es un tiempo que te dan para salir de la finca donde se hace la rehabilitación para que podás ver tu ciudad, tu familia, tus amigos. Eso sí, no podés hacer regresión en el proceso viéndote con los que claramente no son tus amigos, esos que te llevan a meter. Tampoco hacerlo vos misma por tu cuenta. Según como te comportés te dan más horas. El primer mes es de ocho, el segundo de doce y así hasta que uno acaba el proceso. Entonces en una reinserción de esas, yo salí con él. Eso tampoco era permitido, los estudiantes no se podían ver por fuera ni adentro. Yo en esas cosas del amor era muy ingenua. Me dejé enamorar muy fácil y perdidamente mientras estábamos en la Fundación. Esa vez que tuvimos la reinserción también tuvimos la primera relación. Mi primera relación sexual.
Cuando volví a la Fundación, me citó el director a preguntarme que por qué había estado con él. Que si me había cuidado. Al decirle que no, el director me contó, sin censura, que Carlos tenía VIH. Él sabía porque a uno en el proceso lo están midiendo siempre con muestras de sangre después de cada reinserción a ver si se ha contaminado. Yo empecé a llorar, a maldecir porque sentí que mi vida se había acabado ahí. El director me dio una esperanza al decirme que no por haberme acostado con alguien con VIH implicaba que yo lo tuviera y en caso tal de tenerlo, no implicaba que iba a morir de inmediato.
Yo sí le vi un poco de pastas en el cuarto de la Fundación, pero él me dijo que era hipoglicémico, que sufría de leucemia y azúcar. Yo no insistí en eso pero le conté a mi mamá y me dijo que él tenía algo, pero que no era ni leucemia ni azúcar, que qué respuesta más rebuscada. Ella estudió medicina, sospechaba, me advirtió, me dijo que me cuidara, pero yo no quise escuchar.
A mí me faltaban dos meses para terminar el proceso. Yo abandoné el proceso por él y nos fuimos a vivir juntos. Ya llevábamos conviviendo un año y medio pero todo fue peleas, maltrato, falta de respeto, él casi me vuela un ojo. Yo no me dejaba, yo también le pegaba y ahí empezamos a consumir más y más. Un día, a los 18 para cumplir los 19, me sentía muy maluca así que pensé que era ese bicho que él tenía. Yo no me había examinado para ver si lo tenía. No me quería dar cuenta que me iba a morir. Todos sabemos que nos vamos a morir un día, pero enfrentar la muerte sabiendo porqué era un acto de valentía, valentía que yo no tenía. Pero ya me tocó, era mejor un tratamiento oportuno a que ya todo fuera demasiado tarde. Me armé de valor y de responsabilidad y me fui a hacer la prueba para ver si tenía VIH. Y qué chimba, pringada y embarazada. El malestar eran los síntomas del embarazo. Me paré y le metí una cachetada a Carlos. Me puse a llorar, le dije que era un maldito desgraciado porque él sabía que lo tenía cuando estuvimos juntos por primera vez y no me dijo, no se cuidó y supuestamente me amaba. Si uno ama no hace daño. Uno protege a los seres que uno quiere. Para que vea, uno cree que eso solo le da a los gays y las putas y vea. Eso es pura mierda, eso le da al que no se cuida, al que anda de pipí y cuquicaliente. Mi primera relación, mi primer amor, a mis 18 años y yo ya con la vida prácticamente sentenciada a un fin. El man más lindo, el que se ve más juicioso y lleve. Él estaba muy mal así que yo me fui de su casa y él se quedó consumiendo una droga peor que es el bazuco. Me faltaban solo cuatro meses de embarazo para tener el bebé. A mí no me pasó eso del retraso y casi no eché barriga, por eso ni sospechaba.
Tuve a Sara y hace un año no consumo, estoy en Narcóticos Anónimos, me pegué mucho de Dios. Si usted ve, mi casa está llena de virgencitas que me cuidan, la Biblia al lado del comedor, y unos cuantos afiches del Divino Niño. A misa cada domingo porque usted sabe que si uno no se pega de dios no puede con nada. Lo que lo mueve a uno para superarse es el amor propio y más que ese, el amor por Sara. Eso sí, no me quedo quieta porque uno no puede dejar que la mente haga pendejadas. No trabajo. Nunca he trabajado porque como no tengo experiencia y tan mala fama no me dan trabajo. Entonces me pongo así sea a barrer lo barrido, a lavar los muebles de mi casa porque acá somos como unos 12 y esto mantienen hechos una cochinada, a recoger los cables que se ven por ahí mal instalados; ese cablerío es muy feo, a pintar aunque sea la paredes de otro color, a limpiarle el polvo a ese mundial de portarretratos que hay colgados en el comedor, a jugar con Sara y eso sí, no me falta el cigarrillo. Fumo y como chimenea, yo creo que se alcanza a percibir desde afuera por el olor, porque si no es eso, nada me quita la ansiedad, nada más me quita la gana de ir al parque, aunque estoy que lo dejo. Una tía mía tiene cáncer de pulmón y eso que se fumaba solo uno cuando salía a rumbear.
Yo no probé nada más menos mal, ni bóxer, ni heroína. Si sólo esa cocaína te deja con muchos vacíos, con muchas cosas qué perdonarte; con una reputación por el piso. Ya por el barrio nadie me va a dar trabajo por miedo a que lo robe para vender y poder ir a comprar. La burla de la sociedad, la marca que te deja con los hombres. Uno anda por el barrio y siempre es como mencionándote lo malo. Nadie me recuerda por el violín, todos por la aguja.
Una vez intenté suicidarme. Ya tenía a Sara. Todo fue culpa de Carlos porque me dijo que iba a poner letreros en todo el barrio diciendo que yo tenía eso y que yo se lo había pegado a él. Que andaba con agujas chuzando gente y que me iba a mandar a la cárcel. Me tomé una botella de guaro bogada, la quebré y me empecé a cortar las venas. No pensé en nada, ni en Sara, ni en mamá, en nada. Me quería morir y ya. Mejor matarme yo misma antes que otro por pura precaución lo hiciera. En eso llegó uno de los niños que vive acá en la casa y me vio bañada en sangre así que empezó a gritar que yo me iba a matar. Llegaron mis tías y de una a coserme en el hospital.
Carlos no es que sea muy paternal con la niña, tampoco responde por ella. Yo soy la que respondo. Mi mamá y la familia que vive conmigo me ayudan a cuidarla. Ahora ella es mi luz. A mi me dan ganas de meterme un cacho de marihuana porque eso queda en la sangre y la tentación del parque llama bastante, pero la veo a ella a esos ojos marrón ahí con ese par de colitas y esa sonrisa, toda chiquitica, toda indefensa y no, la niña no se merece tener una mamá así. La gente cree que es fácil salirse de eso y que uno no lo deja porque no quiere, pero no. Imagínese a alguien comiéndose un pedazo de su pizza favorita en frente suyo, la fuerza de voluntad que hay que tener para no pedirle un pedacito es muy brava y usted sabe que uno pide un pedacito y luego pide una para usted solo. Así pasa con esto. Es muy bravo pero yo lo hago por ella, porque ella se merece que le digan “vi a tu mamá en un concierto de la Filarmónica”, no “vi a tu mamá perdida en una traba por la Olla”. No la voy a condenar a que viva lo mismo que yo.
Ahora tengo un noviecito hace año y medio pero él no sabe de mi virus. Lo bueno es que siempre es él quien pide que nos protejamos. Para mí es más tranquilizante por ese lado, no ve que a uno lo pueden meter a la cárcel por pegarle el virus a alguien si uno es consciente de que lo tiene y no se cuida. Yo no le he dicho porque como ya hemos estado varias veces y en una de esas se nos rompió un condón, ese tipo me puede matar si se entera que yo tengo algo y que no le conté que lo tenía. A mí y a Sara. Por eso esa vez del intento de suicidio yo me quería morir, no ve que me podían matar la niña.
Mi control de la enfermedad no es tormentoso, es ir a ver si tengo las defensas bien. Si me toman la CD4 y la CD8 y me sale por encima de 500, no necesito nada, o al menos es eso lo que dicen. La niña como fue por cesárea y no tomó leche materna, no tiene el virus gracias a Dios. La fundación GAMY está para apoyarte, para expresar lo que sientes y pues ahí uno conoce mucha gente que vive lo mismo que uno. Hay unos que hasta se cuadran. La esperanza de vida de una persona con VIH bien cuidado es hasta los 70 así que por ese lado ya ando más tranquila. Creo que primero me coge un carro antes que morirme por eso.
Llega un primo de Violeta cantando una barra del américa. Entra a un cuarto. Yo lo alcanzo a ver desde donde estoy que está buscando algo debajo de la cama. Saca un frasco con un líquido amarillo, lo huele y sale del cuarto.
–Usted dónde estaba, –pregunta Violeta. Lo fui a buscar y no lo vi.
–Estaba haciendo otra vuelta, ¿Por qué?
–No, porque necesitaba.
–¿Cuánto?
–No, luego le digo, –le dice nerviosa. Trata de esquivar la conversación con su primo hasta que él replica mientras sonríe pícaramente:
–¿Ya le echaste agua a la mata que mata?
Crónica de vida de una mujer de la 44 realizada para una clase. Todos los derechos reservados.
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